por Carlos MartínezMe quedé toda la madrugada del día jueves 15 de julio viendo los momentos finales de la sesión del Senado de la Nación que culminó con la sanción de la ley de matrimonio igualitario.
No dejé de sentir un íntimo orgullo por haber sido parte, desde mi función de legislador provincial, de ese espacio transversal parlamentario que el día 16 de Junio de este año impulsara las siete resoluciones de la Legislatura de la Provincia del Chaco que apoyaban la iniciativa de ampliar el ejercicio del derecho al matrimonio a parejas del mismo sexo.En cierta medida, desmentíamos así las expresiones acerca de que este debate sobre la ley era una nueva imposición “unitaria” de Buenos Aires ajena a las provincias del “interior”. Luego, los votos de los treinta y tres senadores y senadoras de 19 provincias argentinas que posibilitaron este importante paso en la ampliación de los derechos civiles pondría el federalismo en su lugar. De alguna forma, al acompañar esta encarnizada lucha por la igualdad de derechos -pues de eso se trata- no hacíamos sino comenzar a saldar nuestras viejas deudas con nuestros propios prejuicios y nuestras propias miserias humanas, cuando no con nuestras ignorancias e indiferencias que, todas juntas, tanto daño hicieron y siguen haciendo a mucho gente, algunas de ellas, cercanas a nuestros afectos. Recordé de cuando hace pocos días, camino hacia la Biblioteca Rivadavia, aquí en Resistencia, unas personas del culto católico que se preparaban para su acto en el mástil de la plaza 25 de mayo, me entregaron un volante que decía “queremos papa y mamá”. Inmediatamente pensé en mi madre, Doña Yoli, en mi “nona”, Ludovica Santarelli, en mi tía Inés y en mi tía Irene y en mis primas Lilian, Kely y Nuni, católicas todas ellas, mujeres que estuvieron presentes en mi niñez y en mi adolescencia, cual “siete madres” de esa “familia” real que aún tengo guardada en mi corazón por haber tan felices mis días. Era evidente, me dije, que aquella generosa y multiforme realidad de mis siete madres no cabría nunca en ese premoldeado y pequeño volante clerical actual. Reflexioné luego que con mi esposa Laura y mis hijos Gabriel y Laurita tenemos una maravillosa familia, desde hace mas de 21 años, pero nunca se me ocurrió que nuestro “modelo” de familia debía ser el de todos y todas las personas, sino que es simplemente eso, una familia que nos hace felices a todos los que la integramos. Respecto al tema, el Senador por Santa Fé, el socialista Giustiniani en la sesión del miércoles dio a conocer cifras bastante particulares, que corresponden al censo 2001: el modelo familia = papá + mamá + hijos es minoría desde hace diez años, puesto que constituye solo el 40% de la forma en que se componen los hogares en la República Argentina, porcentual que se cree será menor para el censo de este año. Y esto es tan así que hasta el ultracatólico, impresentable y mediático diputado nacional por Salta, Olmedo,(“uniformado” siempre con campera amarilla) admitió, en un programa conducido por Joge Lanata, que si bien era bien “machito”(sic) y “normal” (¿), se había divorciado de su esposa hace ya muchos años, siéndole aplicable el apotegma que denuncia a los hipócritas :¡Haz lo que yo digo, mas no lo que yo hago!. La presidenta de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (Falgbt), María Rachid, reconoció que la mejor propaganda y los mas fervorosos e “involuntarios” apoyos a favor de la ley de matrimonio igualitario provinieron de los referentes públicos de la oposición a la misma, desde el temerario llamado a la “Guerra de Dios” del Cardenal Bergoglio contra supuestos nuevos “herejes” del siglo XXI hasta el argumento fanático y sin sentido, repetido hasta el hartazgo, de la segura “destrucción de la familia” (considerada siempre como “papá + mamá + hijos”) en caso de aprobarse la ley. Estos sectores ultraconservadores, acostumbrados a utilizar el miedo y el temor - valores dominantes en épocas de dictaduras- en sus por demás escasos y sus escuálidos razonamientos, no supieron –o no quisieron- entender que dentro de los procesos democráticos la información, la argumentación paciente y esforzada, el respeto por las ideas del otro, el convencer y, ante todo, el partir de la experiencia real de vida de las personas, son las herramientas adecuadas que deben siempre tenerse en cuenta, amén de que la cuestión que se estaba debatiendo era de orden “temporal” y para nada “celestial”, tal como lo entendieron los 122 diputados y 33 senadores de distintos partidos políticos que hicieron posible el progreso legislativo que significa esta ley recientemente sancionada. En nuestra provincia, a través de terribles y degradantes cartas enviadas por “creyentes” lectores (o “lectores creyentes”), publicadas sobre todo en el periódico “Norte”, se pretendió, con inigualable torpeza, vincular, sin ton ni son, a los homosexuales con prácticas habituales y reiteradas de zoofilia y todo tipo de perversiones sexuales. Según la periodista Sandra Russo, el uso del simplismo homosexual = degenerado, que se intentó introducir en la conciencia ciudadana, no solo fracasó, por lo burdo, sino que permitió que tomaran estado público, eso si, las reales perversiones ocultas propias de los autores de esos tristes y olvidables libelos. También en varias de esas mismas epístolas, de evidente mal gusto y de argumentos científicamente insostenibles, se asociaban a las personas cuyas preferencias eran gente de su mismo sexo, con “traumas”, “depresiones”, o “infelicidad”, malestares, por otra parte, comunes a la condición humana e independientes de orientación sexual alguna. La recientemente sancionada ley de matrimonio igualitario resolvió el momento de tensión en la sociedad civil respecto a la posibilidad del casamiento civil entre personas del mismo sexo, con un resultado político-institucional favorable a las fuerzas sociales progresistas en desmedro del espectro jerárquico-eclesiástico y demás sectores conservadores opuestos al cambio. Una nueva normativa jurídica a favor de la ampliación de los derechos civiles para la porción de la ciudadanía, otrora excluida del elemental derecho humano a contraer matrimonio, existe desde el l5 de julio en nuestro país. A semejanza del fin del régimen del “apartheid” sudafricano, que segregara a la mayoría negra hasta el año 1994, también nosotros hubimos de aplicar un régimen de restricción de los derechos civiles respecto a una parte de la ciudadanía hasta el mediados de julio de 2010. El fin del “apartheid” legal no significó, en la tierra de Nelson Mandela, la inmediata consumación de la igualdad real y la desaparición de la discriminación por el color de la piel. Por eso mismo, el matrimonio igualitario” legal argentino, nuestro último orgullo nacional, comenzará, en los tiempos por venir, a recorrer su camino “real”, autentico derrotero cultural por el cual se deberá avanzar con más fuerza, convicción y valentía aún que antes. Los tabúes, los prejuicios, la hipocresía y el fanatismo residual de los fanáticos pretenderán, con nuevas formas, ya vestidas de jueces, ya arropadas de funcionarios de registro civil, con pseudo “problemas de objeción de conciencia”, impedir, ilegal, injusta y hasta violentamente el efectivo ejercicio de los derechos que por el solo hecho de ser personas, de ser humanos, nos corresponde. Por último, no es un dato menor el que, lejos de aprender humildemente la lección dada por la sociedad argentina y chaqueña, no pocos de los recientemente perdidosos sostenedores del matrimonio civil restringido, perseveren con su fracasada “cruzada” y amenacen ahora con “torpedear” no solo la aplicación de la nueva ley, sino las ya sancionadas normas generales-nacionales y provinciales- sobre educación para la salud sexual en las escuelas y procreación humana responsables, prometiendo renovadas “guerras santas” y luchas “antidemoníacas” de dudosa eficiencia terrenal contra el debate sobre el derecho de las mujeres al aborto libre y seguro, así como a la despenalización del mismo. Sería otro lamentable equívoco estratégico de estos intolerantes sectores, cuyo pecado capital mayor de estos tiempos no es el de incumplir algunos de los diez mandamientos de la ley mosaica, sino el de desoir permanente y reiteradamente uno de los mandatos mas estimados para la convivencia en sociedad y en democracia: el saber escuchar al projimo y a la projima, a veces, más que a uno mismo.
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